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Esta plaza era un enorme solar formado por las distintas plazas de
la zona, en las cuales se asentaban pequeños mercados que se extendían hasta las
catedrales. Los que por aquel entonces la visitaban la consideraban la plaza más
grande de España. Este gran mercado acogía espectáculos y manifestaciones de
todo tipo. Sin embargo, pasado el tiempo se hizo necesario dotar a la ciudad de
un espacio más adecuado para su mercado, ya que el desorden que allí se producía
ocasionaba importantes problemas de tráfico.
El corregidor Don Rodrigo Caballero y Yánez, con el apoyo del rey
Felipe V tomó la iniciativa de construir una plaza principal según el modelo de
las grandes ciudades castellanas, de apariencia cuadrada y porticada.
En 1728 se encargó el proyecto al arquitecto Alberto de Churrigera,
y el 10 de mayo del año siguiente comenzaron las obras en el Pabellón Real
(fachada este). Sin embargo, las obras no terminaron hasta veintisiete años
después, en 1755, debido a problemas de expropiación y a la necesidad de
derribar y desalojar varias barriadas de la zona. A esto se sumó el abandono de
la obra por parte de Alberto Churriguera a raíz de un enfrentamiento entre éste
y el cabildo. El autor, a su partida en 1735, dejó concluida la fachada sur -que
corresponde al lienzo de los conquistadores- y la fachada este o Pabellón Real,
donde los reyes presenciaban desde sus balcones las fiestas taurinas y otros
actos.
La plaza fue terminada por Andrés García de Quiñones en 1755,
respetando los planos originales de Churriguera pero introduciendo un nuevo
proyecto para el Ayuntamiento.
El resultado es este solar de 4,408 metros cuadrados que ofrece desiguales
medidas en sus lados y que cuenta con un total de 88 arcos de medio punto,
decorados en las enjutas por medallones que representan a reyes y a hombres
ilustres.
La uniformidad de sus cuatro lienzos con tres alturas sobre la
ininterrumpida arquería sólo se ve alterada por el Pabellón Real en el ala este
y el Ayuntamiento en el ala norte, formando un conjunto armónico en el que
brilla un barroco rítmico y modulado.
La fachada norte, que corresponde al Ayuntamiento, tiene 21 arcos y
consta de 2 pisos de balcones, rematados con una espadaña de tres campanas y un
reloj. Las figuras que presiden dicha fachada simbolizan las cuatro virtudes:
Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Entre los medallones de este lienzo
se encuentran el del Rey Juan Carlos I y Doña Sofía, que no pudieron ser
colocados en la fachada este por estar completa.
En el centro de la fachada este o pabellón real se puede ver una
placa conmemorativa donde se recuerda el inicio de las obras, bajo la efigie de
Fernando III -santo patrono de la monarquía española- al que acompañan en un
plano inferior, los bustos de los soberanos reinantes Felipe V e Isabel de
Farnesio. Este lienzo está compuesto de 22 arcos que contienen los medallones de
la monarquía española. El arco de la fachada este es el más llamativo del
recinto, coronado con una espadaña con el escudo real.
La fachada sur alberga los medallones de los principales
conquistadores españoles, como El Cid o Cristóbal Colón.
En la fachada oeste aún se observan medallones vacíos, estando
representados entre otros, Miguel de Cervantes y Santa Teresa de Jesús. El
último medallón inaugurado, dedicado a Tomas Bretón en el año 2002, es obra de
Fernando Mayoral.
Como curiosidad cabe decir que era costumbre entre los salamantinos
que las mujeres paseasen por la plaza en sentido contrario al de los hombres,
para poder verse de frente.
Hoy sigue siendo el centro vivo de la ciudad: las calles
principales comienzan y terminan en esta plaza. En el buen tiempo se puede
observar a jóvenes, mayores y estudiantes extranjeros sentados en las terrazas,
o incluso en suelo.
Al caer la tarde la plaza vive su mejor momento, pues el color e
intensidad de la piedra de Villamayor va cambiando, y su espectacular
iluminación aumenta aún más su belleza.
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